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domingo, 18 de diciembre de 2016

Hambre

Vais dejándome pistas,
líneas de alpiste,
miguitas de pan
duro o tierno a vuestro paso,
pellizcos de una barra
que no me pertenece.

Vais dejando el camino,
siembra de cebos,
lonjas de carne que
vuestro cuerpo escinde
para que acuda yo
y me alimente.

Haréis de la tumba
delicioso plato a
cuya mesa yo
no me sentaré.

Cuando no estéis ya,
cuando os hayáis ido,
y nadie deposite
sus huesos en mi plato,
recorreré el camino
a vuestra antigua casa
con el hambre punzando
vuestro recuerdo.


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lunes, 1 de agosto de 2016

Agosto

Hoy visto una camisa de pétalos secos.
Me siento en la terraza y pido
un vaso de rosas frescas.
Mi desnudez no la bebe nadie.
Giro la cabeza hacia ambos lados
por si los hijos vienen
a pedirme cuentas. A mi lado
los jóvenes tocan la guitarra y miden
sus posibilidades.
Observo mis manos con asombro.
Incrédula si persisten
combatiendo la piel
en la tormenta.

Agosto se me echa encima como un oso
que adora su caverna. Quisiera poder escapar
de su apetencia omnívora, de su pastosa zarpa,
dejar que su peso obsceno devore mi camisa .
Me siento desnuda en la terraza y pido un
fusil de perdiciones.
Nadie va a sentarse a beber
de mi pecho en oleadas. Apunto
a su entrecejo quincenal, oprimo el gatillo. 
A mi lado ajustician los jóvenes,
contra el asfalto, su guitarra imposible;
ningún ave escapa de la escena.
Nadie escucha el rugir de las rosas
que enturbian los muros de rojo.

Me levanto. Continúo en cueros por la cuesta.
Un cernícalo vetusto aguarda
el humo que sale de mis labios.
El camarero recoge los tres euros
que dejé en el plato de propina.
Nadie viene a reclamar mi despojo
pero yo vigilo por si acaso.
El pellejo silente de un oso pardo
me mira marchar desde la mesa.
De su colmillo deceso
cae gota a gota,
siguiendo mis huellas,
un filamento blanco.

El sol que planea su venganza.

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sábado, 12 de marzo de 2016

Abismo a la orilla

Queda tan lejos la mar, el céfiro en calma amarrado.

La luna encallada sueña sobre el remonte nuboso.

A tus pasos, tierra fraguada de olivos, farallón
que no alcanza marea camina a salvo, adentro,
tierra adentro segura la charca es un tigre mellado,
vega de encías, la lluvia es un batallón de alfileres 
chatos.

Estás adentro a resguardo pero es mentira: mojados,
tus pies mojados, se ha retorcido el cauce ha tejido un lazo, 
al volver la esquina el ponto por la riba asciende el mar, 
por el ribazo, a tu falda aborda arriba verde garfio, verde sangre 
pruno mar de ciénaga estrecho coagulado. A tu boca mujer montaña 
llegó el abismo a la orilla, una gota de sal a tus labios, a tus labios 
berilo escarlata de sal cómo ha pasado, cruenta esquirla de perla grana
clavada a tus ojos cómo ha pasado, cómo encontró tu sombra 
liga de agua entre manzanillos, cómo alcanzó tu cima 
el penacho níveo de aquella ola.

Mujer montaña no te ahogues, por tus muertos 
no te ahogues, los vivos claman por tu ladera, 
la luna encallada mece su sueño vago y yace 
la noche uncida en su escondrijo.

Queda tan lejos la mar y tu cepa ensoga 
espigón a tierra tu varado esquife. Torna 
la vista a nosotros mujer montaña, queda 
muy lejos la mar y la vida espera bancada de luz 
a la tenue guarda de los olivos.

Queda ya lejos la mar y el viento susurra 
amarrado en calma. Suelta los ojos al vuelo
mujer montaña y levántate. Escucha.

La tierra en alto te pide que regreses.

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