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lunes, 14 de agosto de 2017

Cielo jaguar

Cielo jaguar,cuando caes así,
cuando desciendes el árbol de la noche.
Cuando en silencio emboscas
mi adormecido sueño y
de tu garra goteando
luz del día.

Extiendes tu azul felino en
mi estrenado cadáver de ciego y
yo desearía acariciarte como
quien acaricia un relámpago
que se tumba.

Extiendo mi mano.
La extiendo ahora
que sé que existe
hacia tu belleza.
Ahora que sé que existes,
cielo jaguar,
no puedo dejar de mirarte.

Sangre a mis ojos, cielo jaguar,
lágrima que nunca conocí.
Puerta que abriste tú, cielo jaguar,
en el preciso instante
de extinguirte.

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martes, 16 de mayo de 2017

Tu pierna

Sostén tu pierna.

No la dejes crecer en la orilla,
encajada en su huella, flexionando el
recuerdo de haber tocado el agua.

No la dejes creer, da igual qué parte elijas
pero que haya contacto, cuando cojees
por el pasillo abuhardillado, por ejemplo,
y no sientas aún el dolor, ensarta las uñas,
estira tú las fibras, no dejes que el suave encaje de
los huesos te llame a engaño. Los vas a embaucar tan bien
que no podrán asistirte. Porque no ven las hojas
de la enredadera inclinarse un poco más
cuando pasas, disimulando su ápice estirado por el
periódico de la puerta abierta, como si hubiera noticias aún
de los goznes a esta altura, más aún de aquellos goznes que
chirrían para el gato que se escapa y decía, entonces,
pellizco, carne de muslo bajo tus uñas. ¿No lo estás viendo?

Sostén tu pierna. La mesa tullida en la basura le está
preparando la cena, la veo acicalarse, pasarse por encima
como quien no quiera la cosa su mejor trapo,
prenderse velitas cuando bajas a comprar el pan.

Sostén tu pierna y clávale un par de espinas para saber
que es tuya, arrodíllate con fuerza, como si estuvieras
rezándole a un dios recién descubierto, o buscando
las llaves perdidas bajo el sofá del salón; ya que estás ahí
hazle cosquillas, recuérdale que sois uno a pesar del arrastre
a pesar del tropiezo y la extremidad.

No te acuestes solo en el diván a que venga el dolor.
Hacedlo juntos. Sostén tu pierna. Recordad el tiempo
en que la aguja esperaba unos días a aparecerse.
Evocad la angustia temida, su punzada difusa,
antes de que la piel encogiese permanente ya,
e instantánea.

Abrazaos, siente su sangre de entonces que aún encaja en tus venas,
imagina que no está en el suelo desparramada así, como si tal cosa.

Tu pierna.

Sostén tu pierna. No la dejes atrás.

Palpa su piel, su carne, su peroné y su tibia,
su fémur si gustas, goza incluso si quieres
de su recuerdo atlético pero hazme caso:
sostén tu pierna.

Antes de que ella también decida
darte por cojo.


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domingo, 19 de marzo de 2017

Combatir el sueño

A la mañana procurar el vacío y
protegerlo así de intacto
todo el día.

Cepillar con esmero las piezas,
dentuda es la rueda del ocaso
clavada en tu carne para hacer
avanzar el ansia.

Bruñir esos goznes y que solo
perdure el brillo, luz
sobrepuesta a la materia.

Recorrer cada aguja hasta
su punta en las manos
con una lima. Trabajar allí
para volverla roma
evitar que logre
traspasar la piel
que no pueda escapar
de ti la oquedad
como el aire que abandona un globo.

Por el descenso en ciernes
completar el ciclo con cuidado.
Revisar el calafate y las velas
por si alguien les brida algún remiendo.
Derribar los senderos y los puentes.
Cultivar el jardín de malas hierbas.
Al oído cantarle una nana al fuego
que hierve el agua.

En el crepúsculo acunar el vacío y
custodiarlo en suspenso inerme hasta
que amanezca.

Combatir el sueño.
Vigilar las puertas.
Repetir.

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domingo, 12 de febrero de 2017

Extrarradio

Caminé hacia la zarza ardiendo en
el barrio residencial.

Salí del metro y pude ver la sierra
trabajando paciente sobre el mundo;
antes, por la línea bajo su filo,
me detuve:

aquella chica en el suelo
disponiendo papeles a
lo largo y ancho de la estación.
Papeles de estudio y goma
de borrar al lado.

Nadie tocaba las cuerdas. Una
señora sí a la mejilla sus dedos
con gesto de asco, su collar de perlas.
No consigo que el perro orine en
sus tacones.

Consigo escribir que la sierra
atraviesa el metro en ese instante
y siega el brillo adusto
del collar en dos.

Pero no sucede.

La chica pasa otra página
de sus apuntes. El resto de viajeros
cancela el billete. Afuera
crepita la zarza en el
dios de un estor a juego
con el crepúsculo.
Cristo en forma se aparece
de bombero en la escalera y
de un ágil chorro apaga el
después, el pitillo de después
de la ilusión.

Alguien echa una moneda y
la chica escuálida
de sentarse en vano
se levanta y abre un libro.

Creo
que me ha visto sonreír
al doblar la esquina.

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