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viernes, 26 de octubre de 2018

Presentación Cumbre en el aire


Mañana sábado 27 de octubre verá la luz Cumbre en el aire, mi segundo poemario, publicado por Unaria Ediciones. Nos reuniremos en Madrid en la librería La Semillera para presentarlo. Conducirá el evento el poeta Pepe Ramos y la poeta Paz H. Páramo compartirá con nosotros el prólogo. Venid a acompañarnos.

ALGO va a levantarse en pos
de tu derribo.

Tú estarás empujando el
cielo hacia arriba.

Lengua tuya molde roto
para no esculpir el mismo
cáliz de palabras.

Tú que estarás empujando una
flor hacia dentro
por tu garganta.

Quizá procurando entender
lo que no ha acaecido.

Algo que va creciendo una
pregunta en la mañana
y en la sangre.

Así
como va saltando
la sal del miedo entre la lluvia
acudirá.

Vendrá por todas partes también
de dentro y sobre todo.

Nada podrás hacer para evitarlo.

Salvo aguardar en silencio.



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lunes, 23 de abril de 2018

Entrevista en El tren de la musa

Hace unas semanas recibí un extraño mensaje: alguien quería hacerme una entrevista. Me citaba en El Tren de la Musa a una hora indeterminada entre el canto de la abubilla almizclera y el pestañeo del búho sonámbulo. Sin mayor preámbulo cogí mi chaqueta de tweed, mis chanclas de running, y abandoné la casa a toda prisa.

Al llegar a la acera grite "¡TAXI!" con todas mis fuerzas, pero los conductores vociferaban tras los cristales, golpeando el volante en el atasco, casi con total seguridad escuchando el BOE. Como el sol estaba ya alto (y la abubilla hacía rato que descansaba afónica) no podía andarme con remilgos. Ante mí desfiló un repartidor de comida en bicicleta y sin dudarlo me subí a su lomo haciéndome pasar por delicia china. Con mi mejor cara de pollo al limón conseguí convencerle de tomar un desvío. Llegué a la estación en el momento justo en que el reloj de sol marcaba el sótano. Sortee con agilidad extrema e impropia todo tipo de bultos y equipajes con ruedas de personas a rastras. Me deslicé hasta el andén por la barra de incendios cuando el convoy feraz emprendía su marcha en canónico estornudo londinense. Corrí tras él como una fruta nostálgica y ejecutando un escorzo olímpico agarré el estribo del último vagón, me sacudí un poco el polvo, abrí un periódico por el mero gusto de echarlo a volar y busqué compartimento.

Como tenía tiempo hasta llegar a Albuquerque me detuve en el vagón casino a jugar una partida de backgammon. La señora Wilkerson me acusó de ser un tramposo encantador y al despedirnos me entregó un pañuelo que contenía galletitas de avena. Las mordisqueé distraído pasillo adelante sin perder detalle del ascenso de la luna. Me colé en el camarote de una pareja que discutía airadamente con el firme propósito de instigar su reconciliación. Como no lo conseguí se ignoraron en silencio mientras yo evaluaba la firmeza de su colchón. Satisfecho con el descanso me encaminé a la locomotora por el techo de los vagones, como tantas veces había visto hacer en las películas. La verdad, no me pareció una experiencia tan formidable, y antes de acometer el descenso escribí una reseña negativa en Tripadvisor. Recorrí equilibristicamente el cajetín de los troncos sintiéndome ardilla desalojada. De un saltito aterricé en el suelo metálico de la locomotora y la caldera abierta me recibió con una vaharada. La esquivé prontamente solo para darme cuenta de que allí no había nadie. Miré hacia el oeste buscando respuesta y al no hallarla encendí un puro. Conté los anillos del árbol más cercano hasta que noté la quemadura de los dedos. Solté un ¡AY! de lo más ridículo y me senté en el suelo dispuesto a la espera.

Cuando recorríamos el tramo entre Albacete y Guayaquil un búho ciego se posó en la baranda y empezó a rascarse con el pico, en lo que yo considero que debe de ser el sobaco plateado de las aves. Cuando al fin logró su alivio me miró fijamente y para mi desgracia descubrí que no tenía párpados. Entonces vi aparecer la señal que indicaba que nos dirigíamos sin control a Goteburgo, espanté al búho ciego de una palmada y acicaté los frenos con mi tironeo más estudiado. Debí hacerlo de forma demasiado gentil, pues nos pasamos la estación, y los frustrados aspirantes a pasajeros vieron convertido su estado en permanente, emprendiéndola conmigo a base de invectivas en ruso del tipo "andevas chalao, cagoentusmuertos ahítestrelles". Repetí la operación sin éxito hasta que la amenaza del mar de China pudo más que mi ánimo delicado, y al fin conseguí detener el tren con precisión milimétrica en el centro de Shangai. Salí despedido de la cabina y rodando llegué la playa de Jinshan, donde aproveché para quitarme el hollín y tomar el sol. Comprendiendo que aquella cita no iba a ninguna parte apuré la cerveza, contemplé el nacimiento del sol hecho unos zorros con desidia y tomé el primer vuelo a Barcelona. Desde allí regresé en autocar, por eso del romanticismo.

A pesar del resultado infructuoso del encuentro, cuando giré la llave, abrí la puerta y el aroma de casa me recibió con su abrazo bienvenido, concluí que había merecido la pena. Me duché, me cambié, tomé asiento frente al portátil para revisar los correos, y cual fue mi sorpresa al constatar una vez más mi despiste. Entre la retahíla de emails promocionales de páginas a las que no me había suscrito hallé una misiva de Sonia Molinero, recordándome que habíamos concertado una entrevista: El Tren de la Musa era una web y el cuestionario venía adjunto en documento.  Haciendo a un lado mi vergüenza y mis ganas de golpear la pared rítmicamente, contesté a sus preguntas y me fui a la cama.

La verdad es que mantuvimos una conversación asíncrona de lo más placentera. Si les apetece leerla hagan click AQUÍ y, de paso, ya que están, dense una vuelta por su página. Total, es aquí al lado.


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martes, 20 de febrero de 2018

Despiste

A veces, cuando estoy bajando la escalera, se me olvida el escalón por el que voy. Es un olvido simple y mínimo, lo sé. Pero si alguien observase mi cara justo en ese momento en que flexiono una pierna, dejo el cuerpo a su inercia estirando la otra y, así, en total desequilibrio, el despiste acontece, podría ver desorbitarse el horror en mis ojos, buscando destino entre la mejilla y el borde de las gafas.

El posible espectador, además, si es persona atenta a los detalles, podrá disfrutar del espectáculo malabar de mi pierna dudando si alargar el paso o acortarse, superado el punto de posible retorno, asumiendo que el intervalo puede ser acertado o catastrófico, pero nunca ya intencionado.

El resultado es el de un ciego momentáneo tratando de asir el suelo con los pies (encomendado a la benevolencia del escalón siguiente), que cuando por fin arriba a tierra algo más o menos adelantado, suspira con el alivio de los aeroplanos, sonríe estúpidamente con cara de "¿Quién? ¿Yo? Yo no he sido. Ah... que no me ha visto nadie", y continúa el descenso recuperada ya la compostura, mucho más pendiente de la cuenta.

Cualquier día de estos me esmoño porque (sí, es tal cual lo cuento) a veces bajo las escaleras y se me olvida quién soy, de dónde vengo, cuándo llega el próximo escalón. Sólo quería que lo supierais.


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jueves, 1 de febrero de 2018

¡Choca!

Yo tenía los ojos cerrados. Quietos, languidecidos los párpados sobre la vista. Nada más, porque abandonarse a la profundidad del sueño en el suburbano es (por todos conocido) un riesgo: nunca sabe uno a dónde o cómo o cuándo o si acabará amaneciendo. Y no es por falta de recursos. Si algún don (aunque dudoso) me otorgó la naturaleza, ese fue la capacidad de suspender mi consciencia en los medios de transporte. No soy especialmente guapo, ni alto, ni fuerte o listo. Tampoco tengo dinero. Pero eso sí, soy un hacha si se trata de dormir en cualquier sitio; y si se mueve, mejor.

Así estaba yo de pie en mitad del metro: tercamente afianzados los pies en el piso (bien podría decirse que sólidas guías para el esquiador en seco, zancos fieros en la obra de mi camión-grúa), los parpados quietos, cerrados, depositados apenas sobre los ojos, los sentidos en suspenso, mi brazo en ristre sujeto a la barra (como acróbata audaz que a una mano distrae a la muerte en instantánea o lanzador de jabalina que hubiera decidido echar la siesta en mitad del lanzamiento).

No fue el chirrido de los frenos accionándose, ni el bandazo del vagón sacudiéndose, ni el contacto del resto de pasajeros tambaleándose contra mí como tubérculos en una bolsa. Nada de eso. Tampoco consiguió abrir mis ojos la muchedumbre que pugnaba por abandonar el vehículo mientras yo me empeñaba en mantener la verticalidad como un boliche enfrentado a un tsunami de bolas. No fue eso. Decido no mirar para no reconocerme. Podría imaginar en los otros algo diferente al exceso de sueño o su falta, algo más allá de sus bocas torcidas, su hastío perenne, su convencida desesperanza. Podría intuir una sonrisa, atisbar un destello de complicidad, y no sé si sería capaz de soportarlo.

Fue su voz. Una voz limpia y honesta a mi derecha. Abrí los ojos. Una voz limpia y honesta a mi derecha diciendo: “¡Choca!”.  Era un chico bajo, de pelo oscuro y duro y corto. Vestía unos pantalones tejanos azul desteñido, deportivas viejas, abrigo pasado de moda, mochila de colegio. Iba de lado a lado del tren pasillo, laberinto en línea que ondula, y se paraba enfrente de los sentados proponiendo: “¡Choca!”.

Uno de los interpelados pensó que le pedía dinero y sacando distraído unas monedas trató de dejarlas en su mano. Los dedos del chico se doblaron, como vacíos de hueso, y las monedas cayeron al suelo dejándose oír en todo el estómago del gusano que avanzaba. El chico, ignorando el curso de los céntimos rodando, se dirigió al otro extremo, hacia el siguiente viajero que, como yo hacía poco, llevaba los ojos cerrados y los cascos puestos, para acallar el ruido o el vacío de bajo tierra y adentro. Él, al notar esa voz diáfana que le requería, levantó las persianas confundido y se quitó los auriculares. Intercambiaron unas palabras que no llegué a captar. El chico de la voz tan clara tendía su mano y el hombre de los cascos la miraba sin entender del todo. Extendió la suya también, titubeando. Juntaron las palmas. Sonrieron.

Y así sucesivamente el chico repetía la ceremonia, acercándose poco a poco a donde yo me encontraba, sujeto a mi barra, siguiendo su acción y despierto ya y asombrado y expectante. Aunque no todos reaccionaban igual al recibir el mensaje: “¡Choca!”. Algunos miraban con cara de asco o recelo, a saber qué habrá tocado, qué extraña enfermedad contagiosa, qué le habrán hecho, no, quita-quita, qué asco.

Finalmente el chico se plantó ante mí. Lucía una sonrisa transparente y limpia como su voz, gafas redondas, y no era un colegial sino un hombre de unos treinta años. Sus pupilas apuntaban en direcciones dispares pero yo sentía a fondo su mirada hacia mí, directo. Me ofreció la palma y yo le sonreí. Fui a corresponder su gesto pero él me detuvo: “Espera, así no. Mira, de esta forma”. Y sus dedos blandos sin sustento entrelazaron los míos. “Eso es, ¡choca!”.

Siguió avanzando en su ritual y en la siguiente parada abandonó el tren. Podría haberle seguido pero cerré los ojos. Imaginé que paseaba junto a él, y hablábamos mientras el tubo reanudaba su marcha.

¿Por qué lo haces? –le preguntaba–.

Caminábamos por un andén que no acababa nunca uno al lado del otro, sin mirarnos. Al cabo de un rato él se paraba y frente a frente nos devolvíamos la presencia en un baile especular, e invisible, e infinito. Sus facciones torcidas y de irregular prominencia daban paso a esa voz, esa voz clarísima como ahogarse en un lago de montaña:

Siempre vais a la contra. Tocáis sin sentir. No sabéis nada del contacto. Solo notáis la piel pero nada conocéis del otro. Necesitáis recordar que no hay pared.

Pero entonces… ¿por qué chocar?

Si te digo “dame la mano”, sospecharás.  No os importa el roce si no hay consecuencia, si no hay trasvase, o si es casual o podéis ignorarlo u os estáis defendiendo. Siempre os estáis protegiendo de lo equivocado. Chocar es la única forma.

Proseguimos el uno al lado del otro por aquel andén interminable y solitario otro rato más, en silencio. Sonó mi parada y él continuó, oscuridad adelante, en busca de hueso. Salí de aquel tren en mi mente y, en mi mente también, le di las gracias.

Desde aquel día los trayectos me resultan infinitamente más largos: ni una mísera cabezada he logrado conciliar ya fuera en autocar, colectivo, tranvía o trolebús. No he vuelto a verle a él pero sí a muchos otros. La mayoría me resultaron nada más que extraños. Pero en algunos… ay, en algunos casi pude reconocerme. Todavía me produce pánico mantener los ojos abiertos, recibir sobrepuesta a la mía la imagen de otros en el reflejo, descubrirles en la comisura una leve inclinación, una breve esperanza.

Me aterra la posibilidad de que resida también en mí sin yo saberlo.


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martes, 30 de enero de 2018

Supuesto

Suponga usted que sabe lo que dice.

Que sus labios se mojaron alguna vez
con la verdad. Que sus dedos persistieron
la caricia no volátil. Que la venda de sus ojos
no tiene
pantallas por dentro.

Suponga.

Suponga que este problema importa.
Que la voz alzada puede
cambiar el curso. Que el curso
no es un descenso por la garganta.
Que el mar existe y es suyo
la sal no escuece es
un mar abierto.

Respire…

Suponga hondo.

Suponga que no se va
a morir mañana.


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jueves, 18 de enero de 2018

Flores pulmonares

Hoy soñé que me entregaba un manojo
de flores pulmonares.

Parecían girasoles sangrientos
había luna llena.

Su tallo se expandía y deshinchaba
como un cachorro de león dormido
podría despertarse.

Ahora que desmenuzo sus semillas
embadurnado el rostro hundido el ansia
en esta copa de caviar metálico
y ojos que abren de golpe.

Un ramo de girasoles sangrientos
amarillo y negro y rojo en la noche
quizá un tigre de sombra
solo sé que respira y que está vivo.

Me hago entrega de él
y le ofrezco mi pecho
para que muerdan allí sus raíces.

Soy un zarpado campo de cultivo.
Soy un enorme biberón aéreo.

Cuando amanezca la luna se habrá
vaciado del todo.

Y en el jardín rugiente que rasgará el día
yo por fin habré desaparecido.

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