Jose Baena

jueves, 1 de febrero de 2018

¡Choca!

Yo tenía los ojos cerrados. Quietos, languidecidos los párpados sobre la vista. Nada más, porque abandonarse a la profundidad del sueño en el suburbano es (por todos conocido) un riesgo: nunca sabe uno a dónde o cómo o cuándo o si acabará amaneciendo. Y no es por falta de recursos. Si algún don (aunque dudoso) me otorgó la naturaleza, ese fue la capacidad de suspender mi consciencia en los medios de transporte. No soy especialmente guapo, ni alto, ni fuerte o listo. Tampoco tengo dinero. Pero eso sí, soy un hacha si se trata de dormir en cualquier sitio; y si se mueve, mejor.

Así estaba yo de pie en mitad del metro: tercamente afianzados los pies en el piso (bien podría decirse que sólidas guías para el esquiador en seco, zancos fieros en la obra de mi camión-grúa), los parpados quietos, cerrados, depositados apenas sobre los ojos, los sentidos en suspenso, mi brazo en ristre sujeto a la barra (como acróbata audaz que a una mano distrae a la muerte en instantánea o lanzador de jabalina que hubiera decidido echar la siesta en mitad del lanzamiento).

No fue el chirrido de los frenos accionándose, ni el bandazo del vagón sacudiéndose, ni el contacto del resto de pasajeros tambaleándose contra mí como tubérculos en una bolsa. Nada de eso. Tampoco consiguió abrir mis ojos la muchedumbre que pugnaba por abandonar el vehículo mientras yo me empeñaba en mantener la verticalidad como un boliche enfrentado a un tsunami de bolas. No fue eso. Decido no mirar para no reconocerme. Podría imaginar en los otros algo diferente al exceso de sueño o su falta, algo más allá de sus bocas torcidas, su hastío perenne, su convencida desesperanza. Podría intuir una sonrisa, atisbar un destello de complicidad, y no sé si sería capaz de soportarlo.

Fue su voz. Una voz limpia y honesta a mi derecha. Abrí los ojos. Una voz limpia y honesta a mi derecha diciendo: “¡Choca!”.  Era un chico bajo, de pelo oscuro y duro y corto. Vestía unos pantalones tejanos azul desteñido, deportivas viejas, abrigo pasado de moda, mochila de colegio. Iba de lado a lado del tren pasillo, laberinto en línea que ondula, y se paraba enfrente de los sentados proponiendo: “¡Choca!”.

Uno de los interpelados pensó que le pedía dinero y sacando distraído unas monedas trató de dejarlas en su mano. Los dedos del chico se doblaron, como vacíos de hueso, y las monedas cayeron al suelo dejándose oír en todo el estómago del gusano que avanzaba. El chico, ignorando el curso de los céntimos rodando, se dirigió al otro extremo, hacia el siguiente viajero que, como yo hacía poco, llevaba los ojos cerrados y los cascos puestos, para acallar el ruido o el vacío de bajo tierra y adentro. Él, al notar esa voz diáfana que le requería, levantó las persianas confundido y se quitó los auriculares. Intercambiaron unas palabras que no llegué a captar. El chico de la voz tan clara tendía su mano y el hombre de los cascos la miraba sin entender del todo. Extendió la suya también, titubeando. Juntaron las palmas. Sonrieron.

Y así sucesivamente el chico repetía la ceremonia, acercándose poco a poco a donde yo me encontraba, sujeto a mi barra, siguiendo su acción y despierto ya y asombrado y expectante. Aunque no todos reaccionaban igual al recibir el mensaje: “¡Choca!”. Algunos miraban con cara de asco o recelo, a saber qué habrá tocado, qué extraña enfermedad contagiosa, qué le habrán hecho, no, quita-quita, qué asco.

Finalmente el chico se plantó ante mí. Lucía una sonrisa transparente y limpia como su voz, gafas redondas, y no era un colegial sino un hombre de unos treinta años. Sus pupilas apuntaban en direcciones dispares pero yo sentía a fondo su mirada hacia mí, directo. Me ofreció la palma y yo le sonreí. Fui a corresponder su gesto pero él me detuvo: “Espera, así no. Mira, de esta forma”. Y sus dedos blandos sin sustento entrelazaron los míos. “Eso es, ¡choca!”.

Siguió avanzando en su ritual y en la siguiente parada abandonó el tren. Podría haberle seguido pero cerré los ojos. Imaginé que paseaba junto a él, y hablábamos mientras el tubo reanudaba su marcha.

¿Por qué lo haces? –le preguntaba–.

Caminábamos por un andén que no acababa nunca uno al lado del otro, sin mirarnos. Al cabo de un rato él se paraba y frente a frente nos devolvíamos la presencia en un baile especular, e invisible, e infinito. Sus facciones torcidas y de irregular prominencia daban paso a esa voz, esa voz clarísima como ahogarse en un lago de montaña:

Siempre vais a la contra. Tocáis sin sentir. No sabéis nada del contacto. Solo notáis la piel pero nada conocéis del otro. Necesitáis recordar que no hay pared.

Pero entonces… ¿por qué chocar?

Si te digo “dame la mano”, sospecharás.  No os importa el roce si no hay consecuencia, si no hay trasvase, o si es casual o podéis ignorarlo u os estáis defendiendo. Siempre os estáis protegiendo de lo equivocado. Chocar es la única forma.

Proseguimos el uno al lado del otro por aquel andén interminable y solitario otro rato más, en silencio. Sonó mi parada y él continuó, oscuridad adelante, en busca de hueso. Salí de aquel tren en mi mente y, en mi mente también, le di las gracias.

Desde aquel día los trayectos me resultan infinitamente más largos: ni una mísera cabezada he logrado conciliar ya fuera en autocar, colectivo, tranvía o trolebús. No he vuelto a verle a él pero sí a muchos otros. La mayoría me resultaron nada más que extraños. Pero en algunos… ay, en algunos casi pude reconocerme. Todavía me produce pánico mantener los ojos abiertos, recibir sobrepuesta a la mía la imagen de otros en el reflejo, descubrirles en la comisura una leve inclinación, una breve esperanza.

Me aterra la posibilidad de que resida también en mí sin yo saberlo.


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