Jose Baena

martes, 20 de febrero de 2018

Despiste

A veces, cuando estoy bajando la escalera, se me olvida el escalón por el que voy. Es un olvido simple y mínimo, lo sé. Pero si alguien observase mi cara justo en ese momento en que flexiono una pierna, dejo el cuerpo a su inercia estirando la otra y, así, en total desequilibrio, el despiste acontece, podría ver desorbitarse el horror en mis ojos, buscando destino entre la mejilla y el borde de las gafas.

El posible espectador, además, si es persona atenta a los detalles, podrá disfrutar del espectáculo malabar de mi pierna dudando si alargar el paso o acortarse, superado el punto de posible retorno, asumiendo que el intervalo puede ser acertado o catastrófico, pero nunca ya intencionado.

El resultado es el de un ciego momentáneo tratando de asir el suelo con los pies (encomendado a la benevolencia del escalón siguiente), que cuando por fin arriba a tierra algo más o menos adelantado, suspira con el alivio de los aeroplanos, sonríe estúpidamente con cara de "¿Quién? ¿Yo? Yo no he sido. Ah... que no me ha visto nadie", y continúa el descenso recuperada ya la compostura, mucho más pendiente de la cuenta.

Cualquier día de estos me esmoño porque (sí, es tal cual lo cuento) a veces bajo las escaleras y se me olvida quién soy, de dónde vengo, cuándo llega el próximo escalón. Sólo quería que lo supierais.


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