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lunes, 23 de abril de 2018

Entrevista en El tren de la musa

Hace unas semanas recibí un extraño mensaje: alguien quería hacerme una entrevista. Me citaba en El Tren de la Musa a una hora indeterminada entre el canto de la abubilla almizclera y el pestañeo del búho sonámbulo. Sin mayor preámbulo cogí mi chaqueta de tweed, mis chanclas de running, y abandoné la casa a toda prisa.

Al llegar a la acera grite "¡TAXI!" con todas mis fuerzas, pero los conductores vociferaban tras los cristales, golpeando el volante en el atasco, casi con total seguridad escuchando el BOE. Como el sol estaba ya alto (y la abubilla hacía rato que descansaba afónica) no podía andarme con remilgos. Ante mí desfiló un repartidor de comida en bicicleta y sin dudarlo me subí a su lomo haciéndome pasar por delicia china. Con mi mejor cara de pollo al limón conseguí convencerle de tomar un desvío. Llegué a la estación en el momento justo en que el reloj de sol marcaba el sótano. Sortee con agilidad extrema e impropia todo tipo de bultos y equipajes con ruedas de personas a rastras. Me deslicé hasta el andén por la barra de incendios cuando el convoy feraz emprendía su marcha en canónico estornudo londinense. Corrí tras él como una fruta nostálgica y ejecutando un escorzo olímpico agarré el estribo del último vagón, me sacudí un poco el polvo, abrí un periódico por el mero gusto de echarlo a volar y busqué compartimento.

Como tenía tiempo hasta llegar a Albuquerque me detuve en el vagón casino a jugar una partida de backgammon. La señora Wilkerson me acusó de ser un tramposo encantador y al despedirnos me entregó un pañuelo que contenía galletitas de avena. Las mordisqueé distraído pasillo adelante sin perder detalle del ascenso de la luna. Me colé en el camarote de una pareja que discutía airadamente con el firme propósito de instigar su reconciliación. Como no lo conseguí se ignoraron en silencio mientras yo evaluaba la firmeza de su colchón. Satisfecho con el descanso me encaminé a la locomotora por el techo de los vagones, como tantas veces había visto hacer en las películas. La verdad, no me pareció una experiencia tan formidable, y antes de acometer el descenso escribí una reseña negativa en Tripadvisor. Recorrí equilibristicamente el cajetín de los troncos sintiéndome ardilla desalojada. De un saltito aterricé en el suelo metálico de la locomotora y la caldera abierta me recibió con una vaharada. La esquivé prontamente solo para darme cuenta de que allí no había nadie. Miré hacia el oeste buscando respuesta y al no hallarla encendí un puro. Conté los anillos del árbol más cercano hasta que noté la quemadura de los dedos. Solté un ¡AY! de lo más ridículo y me senté en el suelo dispuesto a la espera.

Cuando recorríamos el tramo entre Albacete y Guayaquil un búho ciego se posó en la baranda y empezó a rascarse con el pico, en lo que yo considero que debe de ser el sobaco plateado de las aves. Cuando al fin logró su alivio me miró fijamente y para mi desgracia descubrí que no tenía párpados. Entonces vi aparecer la señal que indicaba que nos dirigíamos sin control a Goteburgo, espanté al búho ciego de una palmada y acicaté los frenos con mi tironeo más estudiado. Debí hacerlo de forma demasiado gentil, pues nos pasamos la estación, y los frustrados aspirantes a pasajeros vieron convertido su estado en permanente, emprendiéndola conmigo a base de invectivas en ruso del tipo "andevas chalao, cagoentusmuertos ahítestrelles". Repetí la operación sin éxito hasta que la amenaza del mar de China pudo más que mi ánimo delicado, y al fin conseguí detener el tren con precisión milimétrica en el centro de Shangai. Salí despedido de la cabina y rodando llegué la playa de Jinshan, donde aproveché para quitarme el hollín y tomar el sol. Comprendiendo que aquella cita no iba a ninguna parte apuré la cerveza, contemplé el nacimiento del sol hecho unos zorros con desidia y tomé el primer vuelo a Barcelona. Desde allí regresé en autocar, por eso del romanticismo.

A pesar del resultado infructuoso del encuentro, cuando giré la llave, abrí la puerta y el aroma de casa me recibió con su abrazo bienvenido, concluí que había merecido la pena. Me duché, me cambié, tomé asiento frente al portátil para revisar los correos, y cual fue mi sorpresa al constatar una vez más mi despiste. Entre la retahíla de emails promocionales de páginas a las que no me había suscrito hallé una misiva de Sonia Molinero, recordándome que habíamos concertado una entrevista: El Tren de la Musa era una web y el cuestionario venía adjunto en documento.  Haciendo a un lado mi vergüenza y mis ganas de golpear la pared rítmicamente, contesté a sus preguntas y me fui a la cama.

La verdad es que mantuvimos una conversación asíncrona de lo más placentera. Si les apetece leerla hagan click AQUÍ y, de paso, ya que están, dense una vuelta por su página. Total, es aquí al lado.


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